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Conciertos en homenaje a Eduardo del Pueyo por la Orquesta Sinfónica del Real Conservatorio de Bruselas

19 y 20 de noviembre de 2005

Con motivo del centenario del nacimiento del pianista Eduardo del Pueyo, la Fundación Carlos de Amberes ha organizado un homenaje que consiste en una serie de conciertos interpretados por la Orquesta Sinfónica del Real Conservatorio de Bruselas, dirigida por Arie Van Lysebeth, y con un alumno de Del Pueyo, André de Groote, como solista. Los conciertos se celebrarán en el Auditorio Manuel de Falla de Granada, pues Del Pueyo fue profesor de los Cursos Internacionales Manuel de Falla, en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, pues fue el creador del Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Universidad Autónoma de Madrid y por último, en el Auditorio de Zaragoza, su ciudad natal.

PROGRAMA


Rafael D’Haene (1943-)

Reminiscenza – poema sinfónico
Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Keizersconcerto – Concierto para piano y orquesta nº 5
Antón Bruckner (1824-1896)

Romantische – Sinfonía nº 4

NOTAS AL PROGRAMA

Rafaël D’Haene (1943-)
REMINISCENZA – Poèma Sinfònic (1995)


Reminiscenza, de Rafaël D’Haene (1943), es un poema sinfónico compuesto para la orquesta filarmónica de la radio BRTN, que la interpretó, en el marco del Festival de Flandes en Kortrijk, el 25 de junio de 1995, bajo la dirección de Alexander Rahbari. Esta obra fue escrita en 1995, en un momento en que el compositor acababa de perder a su madre y a su amigo y antiguo profesor Victor Legley.

Aunque la obra simboliza en gran parte la reflexión sobre el significado de la vida y de la muerte, no es en absoluto sombría, sino que expresa la fe en la victoria de la vida espiritual y la lucha que esto implica.

La estructura de Reminiscenza es comparable a la de un poema sinfónico. En la base de la composición hay algunas ideas fundamentales, motivos que, como el título indica, están en el origen de la reminiscencia, y entretejen de manera simbólica la obra. La atmósfera dramática del principio, que sugieren las cuerdas graves en diálogo con los clarinetes en un registro profundo, se ve interrumpida de manera inesperada por un tutti orquestal, que trae una nueva idea, larga y vigorosa. El desarrollo ulterior de estos motivos fundamentales en el tramo medio confiere a la introducción tripartita de la obra un espíritu más animado (con spirito).

A un tempo de Allegro molto sucede un movimiento agitado, una sucesión de frases melódicas cuidadosamente pulidas, que evocan el motivo de los clarinetes del principio, caprichosamente enmarcado en el desarrollo de los primeros acordes graves (reminiscencias) e imponiendo una consecuencia estructural extrema.

Siguiendo el espíritu de un poema sinfónico, la idea directriz del Allegro molto nos conduce hacia un nuevo episodio, que evoca el luto y la muerte. Dos fagots nos recuerdan la fugacidad de la vida a través de un breve motivo en ostinato, tomado de las primeras notas del dies irae, y al que responden cada vez las cuerdas graves. La entrada de los trombones, seguida de las maderas, cuernos y trompetas, nos sumerge en una atmósfera macabra, que recuerda la idea del último adiós.

Una fase transitoria y nostálgica basada en los mismos sonidos nos conduce a un vals sombrío y expresivo, que se desarrolla hasta llegar a una apoteosis que expresa la voluntad y la fuerza de la victoria sobre la muerte.

Aparecen de nuevo los motivos constantes del principio, esta vez de manera insistente, con gran vigor y energía. Aquí la reminiscencia es sorprendente.

La doble fuga que sigue, con sujeto y contra-sujeto tomados de las ideas fundamentales de la obra, se impregna de una profunda contemplación de la vida y la muerte. La vigorosa coda, con su espíritu de resurrección y su reminiscencia final, forma la última frase de la introducción dramática.

El compositor y pedagogo belga Rafaël D’Haene (1943-) estudió, de 1962 a 1967, en el Real Conservatorio de Bruselas: recibió clases de Eduardo del Pueyo (piano), Victor Legley (armonía), Jean Louël (contrapunto) y Marcel Quinet (fuga). En 1968 estudió composición con Henri Dutilleux en la Ecole Normale de Musique en París, hasta obtener su licenciatura. Durante un ciclo de tres años, estudia composición con Victor Legley en la Capilla Reina Isabel, donde en 1971 se gradúa como compositor. A partir de 1970, Rafaël D’Haene enseña escritura musical y composición en el Real Conservatorio de Bruselas, del que es director desde enero de 2004. A partir de 1985 es también profesor en la Capilla Reina Isabel. Galardonado con los premios Oscar Espía (Alicante, 1972) y Lili Boulanger (París, 1977), D’Haene es miembro de la Real Academia Flamenca de las Ciencias y de las Artes (1993).

Sus obras han sido interpretadas en el Festival de Flandes, por la Orquesta sinfónica de la Radio, la Academia Beethoven y gran número de grupos de música de cámara. Entre sus obras para orquesta sinfónica, destacan Lettre persanes según Montesquieu, Reminiscenza, Sinfonia coreografica, Praeludia pour Orchestre, Concerto pour Violon, Sinfonía nº 2 L’ombre du Passé, una cantata Klage der Aeiadne (F. Nietzsche), los dos ciclos de lieder con gran orquesta Sonette an Orpheus (R.M. Rilke) y Cinq lieder sur texte de Paul Van Ostayen...

Compone tanto para música de cámara como para música vocal (Cassazione y Dithyrambes; Trio à Cordes, Quatuor à Cordes; Contrerimes para sexteto de cuerda y soprano sobre poemas de P-J Toulet...)

Su lenguaje conmueve por el lirismo y por su hábil desarrollo. La orquestación de D’Haene explota de manera refinada los contrastes entre registros, timbres y grupos de tamaño variable.

Ludwig van Beethoven (1770-1827)
Concierto para piano y orquesta nº 5 en Mi bemol mayor, op. 73, “El Emperador” (1809-12)

Allegro
Adagio un poco mosso
Allegro ma non troppo

El quinto concierto para piano (1809) de Ludwig van Beethoven (1770-1827), dedicado al Archiduque Rodolfo, vio la luz en el momento en que las tropas de Napoleón invadían Viena. Las consecuencias fueron incalculables y el país se sumió en el luto. Sin embargo, Beethoven logró dar a su quinto concierto para piano una notable alegría.

El sobrenombre “El Emperador” (que además no eligió Beethoven, sino su editor) no es desacertado, ya que la composición narra el relato histórico de una batalla épica que termina en victoria. También desde el punto de vista estilístico, el concierto para piano tiene un aire imperial y heroico.

El público recibe enseguida, en el primer movimiento, una impresión de fuerza decidida y de valor, gracias a tres acordes básicos de la orquesta. El piano contesta cada vez con una amplia gama de acordes, trinos, cadencias… cada acorde da pie a nuevas posibilidades técnicas. La introducción se vuelve de esta manera un movimiento continuo y creativo, donde la tensión se mantiene hasta el final.

El segundo movimiento es lento, compuesto en Si mayor, y concebido como coral. Cuando esta parte termina, Beethoven aplica una de sus transiciones características: modula a Si menor para crear una transición fluida a la tonalidad general de Mi bemol mayor.

La última parte está concebida como un rondó. De repente, los timbales pasan a primer plano tras un silencio igual de inesperado. Es el inicio de una coda desbordante y brillante. Viena se agita y todavía puede salir victoriosa en estos tiempos difíciles.

No es sólo que Beethoven se conmoviera ante la revolución histórica que su país estaba viviendo; además, en su concepción de la música era también un rebelde. Al igual que se revolvía ante la jerarquía establecida, se distanciaba de la tradición musical vigente. Su intención era dejar atrás las reglas establecidas, y consideraba la originalidad un ideal. Partiendo de esta idea revolucionaria, “El Emperador” constituyó un importante primer impulso en la transición del clasicismo al romanticismo. Por primera vez, percibimos una evolución en la composición. Los elementos musicales buscan una finalidad, donde lo importante no es el tema sino la idea: el final heroico.

Igual de innovadora es la manera de empezar el concierto: el solo de piano protagoniza una parte lírica antes de que empiece la orquesta. Además, el duelo con la orquesta y los ornatos rítmicos del piano (que hasta ahora aparecían solamente al final de la composición) no se conciben antes de la llegada de Beethoven.

Anton Bruckner (1824-1896)
Sinfonía nº 4, “Romántica”
Movido (no muy rápido)
Andante (quasi allegretto)
Scherzo (movido)
Trio (no muy rápido, nunca arrastrado)
Finale (movido, pero no muy rápido)

Anton Bruckner escribió la primera versión de su Cuarta Sinfonía en 1874. La revisó en profundidad cuatro años después y una vez más en 1880 para la versión final. Es esta versión, doblemente revisada, la que actualmente se interpreta con más asiduidad, aunque Bruckner volvió a realizar arreglos menores en la partitura (en 1886 y 1888). Esta obra es la única sinfonía a la que el propio Bruckner dio título. La llamó “Romántica” en 1876, y de paso le proporcionó también un extenso programa.

Que Bruckner concibiera programas extra musicales para sus sinfonías no es tan extraño: a fin de cuentas, después de que dedicara su Tercera Sinfonía a Richard Wagner, se sumó oficialmente a la “Neudeutsche Schule” (Escuela Neoalemana), una agrupación de compositores, directores y críticos partidarios de la música programática, en la línea de los poemas sinfónicos de Franz Liszt.

El hecho de que Bruckner no diera a su Cuarta Sinfonía título y programa hasta 1876, dos años después de haberla escrito, es igualmente significativo. Es posible que Bruckner se sintiera obligado a escribir un programa para estrechar los lazos con Liszt y Wagner. Este programa, además, no tiene mucho contenido, como ilustra el principio: “Un castillo medieval. Amanece. Desde la torre suena un toque de trompeta. Las puertas se abren. Salen caballeros sobre caballos majestuosos. La magia de la naturaleza les rodea.” Parece como si Bruckner hubiera querido reunir todos los arquetipos románticos: la Edad Media, un castillo, la naturaleza mágica… De su comentario sobre el final podría deducirse que no tomaba este programa muy en serio: “He olvidado completamente cuál era la imagen que tenía en mente al escribir la última parte”.

Pero esta sinfonía también convence sin el programa, como mera construcción abstracta de sonidos; no hace falta evocar fortalezas y castillos para disfrutar del misterioso inicio de la primera parte. Igual que en todas sus otras sinfonías, Bruckner empieza con un trémolo de cuerdas y un molto pianisimo, un sonido que va surgiendo, casi imperceptiblemente, del silencio. El primer cuerno entona un motivo primitivo lleno de expresividad: una quinta pura, que primero baja y luego sube, con un ritmo agudo, muy presente durante toda esta parte.

Después de desmenuzar el motivo del cuerno –como si Bruckner quisiera probar todas sus posibilidades– suena en la flauta y en los primeros violines un motivo creciente, zart y sehr weich, con el típico ritmo bruckneriano: la combinación sucesiva o simultánea de un ritmo doble con un ritmo tripartito, como dos cuartas notas seguidas de un tresillo de cuartas notas. Bruckner no necesita más que estos elementos básicos para construir un imponente flujo de sonidos que dura casi veinte minutos: una sublime muestra de constructivismo musical. Esta solemne parte lenta tiene algo de sutil marcha fúnebre, con una evolución tensa y gradual hacia un clímax estático.

En la tercera parte destaca otra vez el cuerno: el scherzo está basado en toques de corneta, y sobre el Trio la descripción de Bruckner -‘una escena de caza con una pausa para el descanso’- parece algo simplista. La final, que consigue crear una atmósfera grandiosa, está conectada con la apertura. Curiosamente esta parte, al igual que la primera, contiene al menos tantos pasajes tranquilos, delicadamente orquestados, como clímax revolucionarios: de esta forma Bruckner exhibe en esta sinfonía no sólo su magistral dominio de la estructura musical, sino también su original arte de orquestación.

Eduardo del Pueyo (1905-1986)


“Eduardo del Pueyo era un verdadero profesor, muy exigente incluso consigo mismo.
Sabía transmitir esta estricta pero siempre positiva actitud a sus numerosos alumnos.
Tuve el privilegio de ser uno de ellos y así aprendí a estudiar un texto musical en
profundidad y a adaptar esta exigencia a los menores detalles; como él mismo solía decir,
el rigor en el aprendizaje es la base de la libertad de interpretación.”

André de Groote

Nacido en Zaragoza en 1905, Eduardo del Pueyo comienza sus estudios musicales en su ciudad natal con ocho años. Tras continuar en Madrid, donde recibe un primer premio a los catorce años, a los dieciséis se instala en París. Con veintiún años, el joven pianista obtiene un gran éxito en los conciertos organizados por la Sociedad Lamoureux con ocasión del centenario de la muerte de Beethoven.

Tras sus primeros éxitos como concertista, abandona temporalmente su actividad de intérprete para dedicarse a la composición y aprender técnicas de pedagogía musical, de la mano de Maria Jael, discípula de Listz.

En 1935, la Sociedad Filarmónica de Bruselas le invita a interpretar la integral de las sonatas de Beethoven. Posteriormente, ofrecerá más de cien conciertos con esta asociación. Los recursos de Del Pueyo, su inteligencia, su sensibilidad, su técnica y su sentido del estilo le permiten entender en profundidad el carácter del gran compositor alemán, lo que no le impide interpretar con la misma energía el repertorio tradicional clásico y moderno y, por supuesto, la música española.

Aparte de su actividad como concertista, fue profesor en el Real Conservatorio de Bruselas y en la Capilla Reina Isabel, e impartió cursos en el Mozarteum de Salzburgo, en la Universidad de Madrid, en los Cursos internacionales Manuel de Falla de Granada, etc. Educó a muchos laureados del concurso Reina Isabel (André de Groote, Jean-Claude Vanden Eynden, Jo Alfidi, Evelyn Brancart), de cuyo jurado formó parte y al que asesoró desde su creación. Sus actividades en Bélgica le valieron la Medalla de Oro que la Reina Fabiola le entregó en 1975.

Es también muy apreciado en Zaragoza. Ha dado nombre a una de sus calles, ha sido nombrado miembro del Colegio de Aragón y recibido la Medalla de Oro de la ciudad. Comendador de la Orden de Isabel la Católica en 1970, recibió del Rey Juan Carlos la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil de España.

En 1983, el Ministerio de Cultura le entregó el Premio Nacional de Música y en 1986, recibió de la Diputación General de Aragón el Premio de las Artes y las Letras por su carrera de solista y pedagogo.

Eduardo del Pueyo falleció el 9 de noviembre de 1986.

La Orquesta Sinfónica del Real Conservatorio de Bruselas

Está compuesta por los mejores instrumentistas de las nuevas generaciones de músicos. Bajo los auspicios de la Reina Fabiola, con el impulso y la dirección de André Vandernoot y, posteriormente, de Léonce Gras, ha ido incorporando a su repertorio las grandes obras sinfónicas.

En 1977 la orquesta se puso en manos de Ronald Zollman, que dirigió las sinfonías de Haydn, Beethoven, Mendelssohn, Schumann, Brahms, Dvorák, Tchaikovsky, Saint-Saëns y Shostakovitch, entre otros.

Para la interpretación de los grandes conciertos de Bach, Mozart, Beethoven, Chopin, Brahms, Rachmaninov, Ravel, Prokofiev, Berg, Bartók y Lutoslawski, la orquesta ha contado con la colaboración de músicos premiados y profesores del conservatorio, así como de gran número de solistas de renombre. Además de llevar al escenario diversos estrenos, en el campo de la música contemporánea ha interpretado composiciones de Alfred Schnittke, György Ligeti, John Cage y muchos más.

La orquesta, que ha trabajado durante los últimos años bajo la dirección de Frank Shipway y Arie Van Lysebeth, se ha ganado una sólida reputación entre las orquestas sinfónicas de Bélgica.

Arie Van Lysebeth, director

Empezó a estudiar teoría de la música y violín a los cuatro años de edad bajo la dirección de su padre, director de coro. Durante sus estudios en la escuela secundaria, incorporó el piano y el fagot a su formación musical. Realizó sus estudios superiores, tanto teóricos como instrumentales, en el Real Conservatorio de Bruselas.

Tras haber sido laureado en el Concurso Internacional de fagot en Praga, fue fagot solista en la Orquesta Sinfónica de la Radio Nacional de Bélgica durante más de quince años. En esa época también actuó como solista con varias orquestas. Paralelamente, fue profesor de música de cámara en el Real Conservatorio de Bruselas durante 24 años. También ha sido profesor invitado en Estados Unidos (Minnesota University), en el Conservatorio Nacional Superior de Música de París y en los Países Bajos.

Obtuvo el título de director de orquesta en el propio Conservatorio de Bruselas. En el Mozarteum de Salzburgo siguió los cursos de dirección de orquesta de Bruno Madena, mientras Pierre Boulez le iniciaba en la dirección de la música contemporánea. Al finalizar sus estudios de dirección de orquesta, fundó en 1970 la Orquesta de Cámara Flamenca de Bruselas, con la que hasta 1993 ofreció conciertos dentro y fuera de Bélgica. Durante tres años, dirigió los espectáculos del Ballet Real de Flandes.

Como director invitado, ha actuado con todas las orquestas belgas importantes y con orquestas sinfónicas de Estados Unidos, Argentina, Taiwan, Gran Bretaña, Italia y Yugoslavia. Ha dirigido a artistas de renombre como Igor Oistrakh, Philippe Hirschhorn, Murray Perahia, José Van Dam, Jean-Claude Vanden Eynden, y otros.

De 1994 a 2003 fue Director del Real Conservatorio de Bruselas. En 1995 fue nombrado Presidente del Jurado del Concurso Internacional de Música Reina Isabel de Bélgica, función que aún ejerce y que le ha permitido trabajar con Yehudi Menuhin, José Van Dam, Paul Badura Skoda, Ida Haendel, Joan Sutherland, Sena Jurinac, Luigi Alva, Augustin Dumay, Igor Oistrakh, Schlomo Mintz y muchos más. Desde septiembre de 2004 se encarga además de la dirección musical de la Fundación Musical Reina Isabel, una nueva y prestigiosa fundación que se dedica al descubrimiento y acompañamiento profesional de jóvenes artistas de mucho talento.

Desde 1997 dirige la Orquesta Sinfónica del Real Conservatorio de Bruselas, con la que cada año realiza en Bélgica una serie de conciertos sinfónicos, en los que destaca la colaboración, siempre renovada, de los premiados del Concurso Internacional Reina Isabel de Bélgica. Uno de estos conciertos fue el ofrecido en 2001 en el Teatro Monumental de Madrid, junto con la violinista y finalista del Concurso Baiba Skride, organizado por la Fundación Carlos de Amberes.

Es miembro del jurado de importantes concursos internacionales, como el Concurso Internacional de Montreal y el Concurso Internacional Paganini en Italia.

André De Groote, piano

Una gran elevación de espíritu: mostró enseguida esa humildad de intérprete,
ese respeto por la partitura que tienen los grandes músicos … de manera imponente
y brillante, con una fuerza apasionada, una vivacidad asombrosa y una facilidad
virtuosa, se manifestó luminoso, lleno de autoridad

Michel N’Day (Le Soir)

André De Groote es una de las personalidades de la vida musical belga: miembro del Jurado del Concurso Internacional Reina Isabel, por el que fue premiado en 1968, se le reconoce como un pianista de gran influencia, que pronto se confirmó en la escena internacional.

Después de estudiar, con brillantes resultados, con Brigitte Wild y Eduardo del Pueyo, obtuvo el Premio Harriet Cohen en Londres en 1964 y el primer premio del Concurso Internacional de Música Española en Santa Cruz de Tenerife. Además del Concurso Reina Isabel, ha ganado también los Concursos Tchaïkovsky en Moscú y ARD en Munich.

Comenzó su carrera como intérprete en Londres. Después, ha actuado en los grandes centros europeos, en América del Norte y del Sur, en África, en Oriente Medio y en Japón. Ha colaborado con prestigiosos directores de orquesta, como D. Dixon, I. Markevitch, Chr. Eschenbach, L. Hager, J.P. Wallez, M. Gielen, N. Järvi, P. Hirsch…

Su extenso repertorio incluye más de cincuenta conciertos y toda la obra para piano solo de Brahms, cuya integral interpretó con gran éxito en España, en abril de 1997. Su discografía reciente incluye esta integral.

André De Groote es también una autoridad en la música de Beethoven: tocó las 32 sonatas para piano en Bruselas en 1972, en 1991 y en 1996, en la Casa de Beethoven en Bonn en 1993 y en España en 1995; su grabación de las sonatas apareció en 2000 bajo el sello discográfico NAXOS. Ha publicado también los conciertos de Charles Camilleri, los de Arthur De Greef, varias sonatas para violonchelo y piano con Viviane Spanoghe, y muchos más, con los sellos Unicorn-Kanchana, Adda, Talent, Marco Polo, NAXOS… En 2001, fundó “l’Ensemble Vitalys” con Viviane Spanoghe y la violinista Tatiana Samouil.

Profesor honorario en el Conservatorio de Bruselas, André De Groote ha impartido clases magistrales en París para la Asociación Marie Jaëll, en Alemania, en España, en Estados Unidos -donde fue profesor invitado en 1985-1986 en la Arizona State University- y en Japón, en la Flanders Exchange Centre en Osaka y en la Universidad Isabel en Hiroshima, donde desde 1994, acude cada año como profesor invitado.