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El Martirio de San Andrés

Pedro Pablo Rubens
Óleo sobre lienzo
c.1638-1639
Expuesto en la capilla de la Fundación Carlos de Amberes
Entrada libre, de lunes a viernes no festivos, de 10,00 h. a 15,00 h.

Esta obra, propiedad histórica de la Fundación Carlos de Amberes, fue encargada a Rubens por Jan van Vucht, un flamenco que residía en Madrid como agente del célebre impresor de Amberes Balthasar Moretus, para legarlo a su muerte en 1639 al Hospital de San Andrés de los Flamencos, origen de la actual Fundación Carlos de Amberes. En el mismo testamento se encargaba un marco para el cuadro, que es el original que todavía contemplamos. En el testamento de Van Vucht, firmado el 24 de abril de 1639, se dice: “Mando se entregue a dicho hospital el cuadro del  martirio del glorioso San Andrés que ha hecho traer de Flandes, y es pintura de la mano del famoso Maestro Pedro Pablo Rubens y el dicho cuadro se le hace un marco como lo pide el mismo; cuadro de la mejor escultura que se pudiere a elección de Abraham Lers y Julièn Beymar ebanistas, criados de su majestad. Y asimismo se hagan sus columnas y remates y lo demás que fuere necesario a la misma elección de los susodichos lo cual ha de ser en el altar mayor del dicho hospital y lo que todo esto costare se ha de pagar de lo que ansi debo a las dichas limosnas de mi disposición”.

El Hospital e Iglesia de la Fundación Carlos de Amberes se fundaron a principios del siglo XVII bajo la advocación de San Andrés, patrón de Borgoña  y de los caballeros de la Orden del Toisón, quienes llevaron como insignia la cruz en aspa. Al suprimirse el hospital el lienzo fue depositado en el monasterio de El Escorial en 1844. En 1891, tras la renovación del hospital, fue colocado nuevamente en la capilla, situada ya en el nuevo edificio del barrio de Salamanca. En 1978 ingresó como depósito temporal en el Museo del Prado, y desde 1989 se encuentra en la sede de la Fundación Carlos de Amberes.

La historia del martirio de San Andrés la relata Santiago de la Vorágine en La leyenda dorada, una colección de narraciones, fundamentalmente vidas de santos, escritas en el siglo XIII y que constituyen una de las bases de la iconografía cristiana de todos los siglos. Se cuenta que cuando el apóstol San Andrés estuvo en Acaya (Grecia) fundó numerosas iglesias y convirtió a muchas personas a la fe de Cristo. Entre ellas, a la esposa del procónsul Egeas, que figura arrodillada en el cuadro. Cuando éste se enteró, furioso, quiso obligar a los cristianos a que ofrecieran sacrificios a los ídolos. San Andrés se presentó entonces ante el procónsul y trató de convencerlo para que desistiera en su empeño y se acercara al cristianismo; pero el procónsul ordenó su encarcelamiento. Fue azotado y colgado de la cruz como el Dios del que tanto hablaba, pero atado sólo de pies y manos, sin clavarlo a ella, para que tardara más en morir y prolongar de este modo su sufrimiento. Durante los dos días en que tardó en morir, San Andrés no dejó de predicar, haciendo concurrir a muchas personas que acudían a escucharle. Sus palabras revelaban a un santo y justo varón, por lo que la multitud no tardó en amotinarse contra Egeas, quien vio peligrar su propia vida. Ante tales amenazas, Egeas acudió al lugar para indultar al mártir, pero éste rechazó toda ayuda. Decía: “¿A qué vienes? Si es para pedir perdón, lo obtendrás; pero si es para desatarme y dejarme libre, no te molestes; ya es tarde. Yo no bajaré vivo de aquí; ya veo a mi Rey que me está esperando”.

El cuadro de Rubens parece representar este preciso momento en que el santo afligido de dolor mira al cielo. A sus pies, los verdugos, por orden de Egeas, a quien vemos montado a caballo, tratan de desatarlo, pero tan pronto como tocan las cuerdas sus manos y brazos quedan paralizados. Algunos seguidores del apóstol tratan también de desatarlo, pero éste se lo impide, declarando la oración que comenzaba con las siguientes palabras: “No permitas, Señor, que me bajen vivo de aquí. Ya es hora de que mi cuerpo sea entregado a la tierra”. Tras pronunciar estas palabras, el crucificado quedó envuelto por una luz misteriosa venida del cielo, “que ofuscaba la vista de los presentes y les impedía fijar los ojos en él”. Al finalizar su oración, el apóstol murió. Maximila, esposa de Egeas, se hizo cargo de su cuerpo, enterrándolo piadosamente. Mientras tanto, Egeas cuando se dirigía de regreso a su casa, fue asaltado por el demonio en plena calle y en presencia de un numeroso público murió repentinamente. 

Se trata de una obra maestra absoluta del período final de Rubens, terminado de pintar sólo un año antes de su muerte. En él, el flamenco, en pleno dominio de su arte, da rienda suelta a lo mejor de su paleta colorística inspirada en las pinceladas libres, sueltas y luminosas del veneciano Tiziano, a su gran maestría compositiva, dinámicamente barroca, a la vez que de gran claridad narrativa, y al juego de expresiones y gestos que lo hicieron famoso en toda Europa.



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